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UN CORDERO
Y CIENTOS DE CABALLOS

LAS VÍCTIMAS DE SANT JOAN DE CIUTADELLA

En los actos principales de la fiesta miles de personas amontonadas al alrededor de los caballos dan gritos, les empujan y les asuntan para verlos a dos patas

A nadie le importa el estrés físico y emocional que pueda estar sufriendo ese animal

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HOMO DES BE

Las fiestas de Sant Joan que se celebran en Ciutadella (Menorca), son distintas al resto de las celebraciones que se llevan a cabo en la zona del Mediterráneo en estas fechas. En esta localidad llevan siglos homenajeando a su patrón, San Juan Bautista, con una festividad que tiene como protagonista al caballo Menorquín.
A estas alturas sabemos que fiesta, más tradición y más animales no acaba bien (para estos últimos).

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Por si fuera poco la explotación de los caballos, las celebraciones empiezan entorno a un cordero, que representa la figura de este (supuesto) santo al que rinden homenaje. Con el pretexto de este ritual religioso, un cordero pasa 13 horas recorriendo las calles de la ciudad a los hombros de un señor que agarra bien fuerte dos patas del animal, una en cada mano. La gente se amontona a su paso para tocar al cordero porque dicen que “da suerte”, sin importar si el animal se lleva bofetadas en la cara o si tiene diez más manos encima.

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Es obvio e innegable el estrés físico y emocional que sufre el animal. Después de una jornada interminable, gente del pueblo nos han llegado a comentar que incluso algunos años se ha tenido que sacrificar al cordero por el mal estado de sus extremidades al acabar el día.

Esta ruta (absurda) tiene casi un centenar de paradas rápidas en las casas de la población donde el señor que carga al cordero come, bebe y brinda por las fiestas. Mientras, el cordero, en el suelo y agarrado por un cuerno, recibe las excesivas caricias de una decena de niños a la vez. Para él, ni agua, ni comida.

Si al salir de una casa, subido a los hombros de nuevo, el cordero se golpea contra un hierro de la puerta, un “ahivá” y a seguir.

CARAGOLS Y JALEOS

El resto de los días de las fiestas todo el mundo se olvida del cordero. Toca el turno de los caballos, y la empatía hacia ellos continua igual de ausente.
No paramos de oir lo del “si el caballo no sufre” que tantas veces nos han intentado colar en la tauromaquia.

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En los actos principales de la fiesta, los llamados caragols miles de personas amontonadas al alrededor de estos animales hacen ruido, dan gritos y palmas, con la música de la banda a todo volumen, mientras los jinetes guían a los caballos abriéndose paso entre el público.

Como si eso no fuera lo bastante estresante para un animal de huida por naturaleza, los que están en primera fila al paso de los caballos se encargan de darles golpes, empujones, y levantar las manos rápido delante de sus ojos, a pocos centímetros de su cara, para que el susto y el miedo les ponga a dos patas, con la “ayuda” del jinete. Una, dos, tres, veinte veces, nunca son suficientes ‘bots’. Y después, unas palmaditas en el cuello de recompensa, claro.

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Tampoco le importa a nadie que el caballo tire densa espuma blanca por la boca, su respiración acelerada, ni el pánico que reflejan sus ojos. Tampoco los duros entrenamientos que hay detrás, ni dónde acaban esos caballos cuando su cuerpo ya no soporta más fiestas (pero eso da para otra publicación).

Este ritual, con los caballos, se repite en las fiestas populares de cada pueblo de Menorca durante el verano. En lugar de caragols, en el resto de la isla les llaman jaleos, pero la esencia es la misma, acosar a estos animales para divertirse a su costa.

“EL CABALLO NO SUFRE”

Los que participan no lo ven así. Han crecido aprendiendo que está todo bien, que es una tradición respetable con cientos de años de historia, y que los caballos no sufren o “no tanto”. Una narrativa común a la mayoría de las prácticas culturales, religiosas o sociales que justifican la violencia bajo el argumento de la preservación cultural o de la costumbre. De nuevo, con la premisa de ser una tradición que se remonta al siglo XIV.

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Os dejamos un listado de tradiciones y costumbres de esa época:

La picota o cepo:
Exposición del infractor atado en la plaza pública. El pueblo le lanzaba verduras podridas, piedras y excrementos para humillarlo.

Ahogamiento simulado (cucking stool):
Una silla suspendida sobre un río o pozo lodoso. Se usaba para castigar a panaderos estafadores o mujeres consideradas “chismosas”, sumergiéndolas repetidamente.

El paseo de la vergüenza:
Obligar al culpable a caminar desnudo o en ropa interior por la ciudad. Llevaba carteles o símbolos de su delito mientras los vecinos lo insultaban de camino a la iglesia.

Marcaje a fuego vivo:
Uso de hierros ardientes directamente sobre la piel del rostro o los brazos. Las letras grabadas (como “V” para vagabundo) delataban su crimen para el resto de su vida.

Mutilación proporcional:
Aplicación de la ley del talión para delitos menores. Cortar la mano a los ladrones, la lengua a los blasfemos o las orejas a los falsificadores era una práctica judicial común.

Ejecuciones festivas:
Las penas de muerte (decapitación, la horca o la hoguera) eran espectáculos públicos masivos. Las familias asistían con niños en un ambiente similar al de una feria o día festivo.

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Este año las fiestas de Sant Joan de Ciutadella se han saldado sin incidentes graves, según dice el Ayuntamiento y la Policía Local. Claro, porque ‘nadie’ considera grave que un cordero y centenares de caballos hayan sido explotados, humillados y maltratados al son de la música de una pequeña flauta (fabiol) y un tambor.

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Esto no demuestra la brutalidad ni la crueldad de las decenas de miles de personas que participan en esta fiesta cada año. Es solo un ejemplo de la sociedad especista en la que vivimos y que debemos empezar a cuestionar. Para hacerlo, basta con ponerse en la piel de la víctima, entender su naturaleza y preguntarse cómo viviríamos la misma situación en su lugar. Si en vez de ser la persona que disfruta de la actividad, fuéramos el animal que la padece, quizás no la defenderíamos. Si lo hacemos, quizás sea porque pesan más nuestros beneficios más insignificantes (la diversión, un sabor, una moda) que la vida y el bienestar de cualquier otro animal.  En este caso es un caballo, en otros un toro, una vaca o un pollo. La pregunta es, qué crees que pesa más.

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Imagen de Josu

Josu

Chief Rebel